La reforma laboral y la gran impostura mediática

La reforma laboral vuelve al centro del debate público impulsada por el gran empresariado y legitimada por sectores de la prensa tradicional. Bajo el argumento del “progreso” y las “nuevas generaciones”, se busca justificar la pérdida de derechos históricos y la precarización del trabajo en nombre de la tecnología y la flexibilidad.
Política09 de febrero de 2026 Opinión | Marcelo Ramal
RAMAL

La gran prensa argentina se ha zambullido en la cuestión de la reforma laboral, no solo para relatar las incidencias de su tratamiento en el Congreso, sino también para intervenir activamente en lo que denomina la “batalla cultural” en defensa de una contrarreforma reaccionaria. Columnistas de Clarín y La Nación se han alineado en esta cruzada, incurriendo —no sin método— en dos grandes imposturas.

La primera consiste en presentar la incertidumbre laboral, la pérdida del derecho a una jornada de trabajo acotada, a horarios fijos o a vacaciones en períodos determinados como un resultado “inevitable” del progreso técnico. Pero el argumento va aún más lejos: las condiciones laborales resultantes de esta contrarreforma no serían una imposición del capital o del Estado, sino la supuesta voluntad de las nuevas generaciones de trabajadores. Así, se nos quiere vender una contrarreforma laboral “a pedido” de los jóvenes.

En una columna publicada en Clarín, Diana Baccaro contrapone la fábrica retratada por Chaplin en Tiempos modernos —“una organización del trabajo que deshumanizaba”— con un presente en el que, afirma, “muchos trabajadores priorizan el home office, los esquemas híbridos y una mayor autonomía sobre su tiempo” (5/2/2026). Sin embargo, al igual que en la fábrica de Ford, los trabajadores actuales no priorizan ni eligen nada: las condiciones y modalidades del trabajo son impuestas por la clase capitalista, con los límites que pueda imponer la acción colectiva de los trabajadores.

Otro columnista, Luciano Román, desde La Nación, presenta las condiciones laborales actuales como el resultado de decisiones individuales. Según él, mientras las generaciones anteriores priorizaban el salario, el ascenso, la jubilación y la cobertura médica, hoy los trabajadores se fijan en el equilibrio entre trabajo presencial y remoto, la posibilidad de viajar, la articulación de múltiples empleos y la horizontalidad organizacional, incluso prescindiendo de un jefe (LN, 5/2/2025). De este modo, tener dos o más trabajos no sería consecuencia de la miseria salarial —como ocurre con quienes manejan aplicaciones los fines de semana— sino una inclinación vocacional. Del mismo modo, la pérdida de derechos previsionales aparecería como una elección libre.

Entre las “nuevas actividades” reseñadas se incluye el alquiler temporario de habitaciones en viviendas familiares para sumar ingresos, o incluso la especulación con criptomonedas. La degradación social y la incertidumbre a la que nos somete el capitalismo —jornadas extendidas, pluriempleo, penuria habitacional— son así glorificadas por defensores a sueldo de la reforma laboral.

 
Tecnología y relaciones laborales
Una de las mayores falacias en circulación sostiene que el derecho a una jornada acotada, a un salario estable o a la estabilidad laboral sería inviable bajo el llamado “capitalismo de plataformas”. Se afirma que, en estas modalidades, el empleador no puede controlar el proceso de trabajo y, por lo tanto, no puede establecer una retribución salarial. El trabajador de aplicaciones sería, entonces, un “emprendedor”: la forma mistificadora del trabajo a destajo.

Este artilugio permite evitar el contrato laboral, sustituyéndolo por un supuesto acuerdo entre “iguales” —un “transportista” y un “organizador”—, fórmula que la contrarreforma busca legalizar.

La realidad es exactamente la inversa. Los procesos de trabajo bajo el capitalismo digital están lejos de ser libres o desarticulados. La coerción patronal se ejerce con mayor intensidad gracias a la tecnología. Las aplicaciones conocen cada movimiento del trabajador; los sistemas de home office permiten un control permanente de tiempos y tareas. La inexistencia de horarios fijos habilita abusos constantes, obligando al trabajador a una disponibilidad permanente, lo que explica la emergencia del reclamo por el derecho a la desconexión.

La conversión del trabajador digital en “emprendedor” concentra todos los aspectos del control capitalista sin una sola de las conquistas históricas del movimiento obrero. Es un apéndice del capital digital, sin derechos frente a él.

 
Historia y derecho laboral
La tentativa de liquidar el derecho laboral como consecuencia “inevitable” del progreso técnico no es nueva. Desde los años 70, la fragmentación productiva, la subcontratación y la tercerización fueron utilizadas para precarizar el trabajo. Sin embargo, lejos de desaparecer, surgieron luchas contra la tercerización y por la vigencia de los mejores convenios por rama.

Hoy, el trabajo digital pretende instalar la ficción del “fin del trabajo asalariado”, con el único objetivo de profundizar la degradación laboral de los jóvenes. Pero no existe trabajo más socializado que el digital: las aplicaciones son enormes concentraciones de trabajo vivo, articuladas por redes y algoritmos. Su precarización no responde a ninguna ley natural, sino a una ofensiva consciente del capital, facilitada por la complicidad de las direcciones políticas y sindicales que miran hacia otro lado.

 
Lo que “va” y lo que “no va”
Si el progreso tecnológico bajo el capitalismo solo puede traducirse en degradación laboral, entonces lo que “no va” es el propio capitalismo, en su fase de abierta senilidad. Que las formas más avanzadas de la tecnología convivan con las formas más sórdidas de explotación no es una paradoja, sino una confirmación de las tesis de Marx.

Cuando se pregunta qué proponemos frente a la contrarreforma laboral, la respuesta es clara: la defensa incondicional de los derechos conquistados —jornada de ocho horas, estabilidad, convenios— como plataforma mínima para una perspectiva estratégica más profunda: el fin del trabajo asalariado y la apropiación colectiva y consciente de la riqueza social creada por los trabajadores.

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